Los que llevamos muchos años siguiendo la Fórmula 1 nos quedamos atónitos ante la primera carrera de la temporada 2026. Fue una carrera desconcertante, con momentos absurdos. Incluso conociendo los cambios y esperando un inicio de temporada distinto, lo que veíamos en pista no terminaba de encajar.

Los comentaristas también estaban descolocados. Lobato, Cuquerella y De la Rosa tardaron varias vueltas en entender el "bucle" de adelantamientos y devoluciones de posición, y los pilotos estaban igual sobre el asfalto, sin acabar de encajar lo que ocurría.
Este fin de semana la cita es en Mónaco, uno de los circuitos que más premian la conducción pura: calles estrechas, sin margen de error, donde las diferencias entre coches se reducen al mínimo y el piloto marca la diferencia. Tras las prácticas del Gran Premio de 2026, Alonso salió del coche con una frase rotunda:
"Es la peor generación de coches que he pilotado en Mónaco."

Con los híbridos, la experiencia al volante no siempre es igual. El coche no se siente siempre igual, y esa variación no depende del conductor ni siempre es fácil de interpretar.
En un circuito como Mónaco, donde todo se amplifica, esa falta de consistencia se hace evidente. Lo que debería ser una conducción lineal se vuelve menos predecible de lo que parece desde fuera.
Y la idea que queda es sencilla: no siempre estás conduciendo exactamente el mismo coche.
Llevado a la calle, eso es lo que ocurre con un híbrido enchufable.
El coche más vendido es también el más contradictorio
Los híbridos enchufables son la categoría de electrificados que más crece en España, y no es casualidad: resuelven un problema real. El conductor no se compromete con una sola opción todavía. Cubre el día a día en eléctrico y se quita de encima el viaje largo sin planificar cargas. Entra en lo eléctrico sin renunciar a lo que ya conoce. Comprar uno hoy no es cobardía ante el cambio: es lo sensato cuando el destino está claro pero el camino tiene demasiadas incógnitas abiertas.

Y aun así, por dentro, esconde una contradicción. Un PHEV lleva dos sistemas de propulsión completos para mover un único coche. Dos fuentes de energía, dos depósitos, dos formas de dejarlo listo para salir: el surtidor de la gasolinera y el enchufe de casa. Todo por duplicado, cuando la función es una sola, moverse.
Esa duplicidad se paga en cómo responde el coche. En Mónaco se ve en estado puro: Alonso describe un coche que reacciona distinto de una curva a la siguiente, hasta el punto de no reconocer lo que tiene entre las manos. Es la versión extrema de algo que en la calle aparece en pequeño, cada vez que el coche decide por su cuenta cuándo tira del motor eléctrico y cuándo del térmico.
Dos depósitos llenos a la vez: una promesa que casi nadie cumple
Aquí conviene ser prudentes, porque hablamos de cómo decide la gente y eso nunca es exacto. No vamos a presumir de saber qué pasa por la cabeza de cada conductor. Pero sí conocemos bien cómo solemos comportarnos las personas cuando tenemos dos opciones abiertas a la vez.
Un PHEV solo da toda su ventaja si sales de casa con el depósito lleno y la batería al cien por cien, las dos cosas, todo el tiempo. Sostener eso indefinidamente cuesta. No de golpe; cuesta poco a poco, en atención, en pequeños "ya lo haré". Y lo que solemos hacer cuando algo así cuesta es dejar de hacerlo sin decidirlo: nos inclinamos hacia una de las dos opciones casi sin darnos cuenta. Es la lógica del seguro que pagas y no usas, o de la puerta que dejas abierta por si acaso y nunca cruzas. Tranquiliza tenerla ahí, aunque en la práctica ya hayas elegido la otra.

Por eso lo más probable es que el conductor de un PHEV acabe tirando casi siempre de un solo sistema. La dualidad sigue en la ficha técnica; en el comportamiento, se disuelve. Quien compró el coche para no tener que decidir acaba decidiendo igual, solo que despacio y sin un momento claro en el que dijera "he elegido".
Eso no es un defecto del conductor. Es lo que hace cualquiera cuando el entorno todavía no le obliga a comprometerse. El PHEV le da tiempo: le deja entrar por la puerta que ya conoce mientras incorpora poco a poco la nueva. La transición del coche y la de la cabeza van en paralelo, cada una a su ritmo, y las dos, con el tiempo, llegan al mismo sitio.
"Los coches híbridos no deberían competir. Es así de simple.” — Fernando Alonso
¿Y tú, piensas como Alonso?
La pregunta ya no es si eso tiene sentido en la pista. Es más incómoda, porque ahora va por ti:
¿Usas de verdad los dos sistemas, o uno ya domina sin que te hayas dado cuenta?
¿El enchufe es rutina, o sigue siendo la excepción?
No hace falta responder en voz alta. Basta con mirar cuántas veces repostaste y cuántas enchufaste el último mes. El uso real siempre pesa más que la intención.
Si el PHEV lo elegiste para el viaje ocasional y tu día a día cabría en un eléctrico, entonces la lógica empieza a inclinarse sola: el motor térmico deja de resolver una necesidad diaria y pasa a cubrir un miedo puntual.
Y ese miedo casi siempre es el mismo: las pocas veces al año que sales de tu zona.
El resto es hábito.
El coche no decide. Lo haces tú, pero con el tiempo.
El PHEV no es una condena. Es una solución de transición. Pero cuando el uso real deja de ser simétrico, deja de tener sentido cargar con dos sistemas para resolver lo mismo.